¿Debemos valuar las culturas desde ellas mismas o existen valores universales?

 La dicotomía entre particularismos y universalismos, aunque provocadora, representa un falso dilema. Por una parte ambas posturas tienen efectos perversos si son llevadas al extremo, por otra, al moderarlas,  ambas son útiles tanto como mecanismos de aprehensión de la realidad como enfoques desde donde emprender el desarrollo.

Las generalizaciones nos facilitan la aprehensión de la realidad, percibir a cada momento la textura de nuestro entorno en todo su detalle sería imposible y resultaría ininteligible. Las categorías, los prejuicios, estereotipos y otras generalizaciones nos dan seguridad y un marco de referencia ante el enfrentamiento de lo nuevo y/o extraño; juzgar desde el confort de categorías englobadoras nos ayuda a lidiar con la incertidumbre.  El generalizar nos empaqueta pedazos de la realidad para hacérnoslos más manejables, esto siendo cierto tanto para la percepción individual como para el encuentro grupal del otro. Esta propensión humana a separar y distinguir es también evidente en la ciencia mediante la creación de categorías de análisis que agrupan elementos con cualidades comunes; esto no es muy problemático en ciencias duras: podemos distinguir fácilmente a los números pares de los impares, al reino vegetal del mineral y el animal, etc. En ciencias sociales es donde las categorías se vuelven más ambiguas y escurridizas; por ejemplo podemos cuestionar qué es en realidad un campesino y discutir sobre las cualidades que los distinguen, sin embargo, el término sigue siendo útil como categoría de análisis.

La expansión e imposición de los `grandes ideales´  tales como las religiones,  las formas de gobierno, y muchos de los grandes `ismos´  son el leitmotiv de la historia universal.  La promoción de supuestos valores universales ha sido causa de guerras, genocidios, conquistas, y en general de mucho sufrimiento y derramamiento de sangre, pero también  de grandes avances de la humanidad.  Estos enfrentamientos son la manera en que los particularismos intentan universalizarse.

A partir de estas dos premisas: las generalizaciones como medio de percepción y comprensión, y los particularismos luchando por convertirse en universalismos, es fácil esbozar el esquema de intervención de un grupo autodenominado superior sobre el que considera inferior: -Los miembros de `X´ grupo son de `Y´ manera, por lo tanto debemos llevarles nuestra ideología `Z´ -. En términos generales este esquema funciona desde la conquista y evangelización de América, hasta la llamada `guerra contra el terrorismo´ y las intervenciones en Afganistán e Irak, y por supuesto en las intervenciones del desarrollo. Con esto no estoy tratando de poner al mismo nivel a intervenciones militares con intervenciones del desarrollo, sólo estoy diciendo que el esqueleto de los argumentos parece ser muy similar, aunque las motivaciones y resultados sean totalmente distintos. Mi intención con esta serie de argumentos es señalar que las generalizaciones y la búsqueda de universalismos parecen ser el modus operandi más común en el encuentro con la otredad y en la voluntad de influir en ella. Al menos en un primer momento.

Particularizar, relativizar y valuar a las culturas desde ellas mismas sin duda es más complicado, requiere más esfuerzo y apertura; sin embargo es un esfuerzo que ha hecho mucho en apreciar la diversidad y dignificar al otro. Permite modular los efectos más perversos de las generalizaciones y universalismos, y enriquece la comprensión del entorno al reparar en la diferencia y el detalle. Sin embargo a partir de los elementos en común de un grupo, tendemos a formular nuevas generalizaciones (desde nuestra particularidad o subjetividad) sobre la totalidad del grupo en cuestión. Afinamos más nuestros instrumentos de análisis, pero buscamos siempre crear categorías explicativas que nos ayuden a entender el matiz más fino de la realidad que estudiamos. Es decir, al particularizar o afinar nuestro análisis en realidad buscamos crear generalidades o categorías más específicas. Así, la categoría `campesinos´ puede ya no servirnos por ser muy amplia o ambigua, así que a partir de elementos comunes podemos crear categorías más específicas como campesinos capitalistas, campesinos proletarizados o semi proletarizados, etc.  Por lo tanto en cuestiones de investigación y desarrollo, me parece que lo más útil es tener categorías lo suficientemente específicas que puedan discriminar las diferencias fundamentales y elevar las posibilidades de éxito de alguna intervención, y lo suficientemente generales que reconozca las similitudes de manera que tengan cierta replicabilidad y no resulten en casos aislados que sería muy difícil  repetir.

Relativizar cada cultura desde su particularidad no siempre es posible o lo más útil; por una parte reconocer en demasía las diferencias y particularidades nos imposibilita crear categorías de análisis, por otra hay que recordar que siempre partimos desde nuestra propia subjetividad así que nuestro esfuerzo de relativizar siempre está mediado por nuestra propia relatividad. Ahora veamos el otro extremo de la pregunta, ¿existen valores universales que se deban promover? Quizá podríamos llegar a un consenso sobre cuestiones universalmente deseables: salud, esperanza de vida, bajo índice de mortalidad infantil, alfabetismo, proscripción de la violencia, etc. Pero incluso cada una de estos temas pueden relativizarse: salud sí, pero con saberes tradicionales, alfabetismo sí pero a partir de las lenguas originarias, proscripción de la violencia sí pero a partir de usos y costumbres, etc. Pero qué de esas prácticas que Robert Edgerton (2000) llama `maladaptaciones´, prácticas que sabemos son perjudiciales para las sociedades que las ejercen y sus individuos, y son contrarias a los supuestos `valores universales´, y que sin embargo están enraizadas culturalmente. ¿Es válido intervenir en esos casos? O ¿deberíamos valorar cada cultura desde ella misma? Creo que son preguntas muy difíciles de responder, pero considero que si nos mueve una verdadera preocupación por el bienestar del otro intentaremos intervenir, aunque muchas veces sólo contribuyamos con nuestra confusión e ignorancia. Me parece que ahí reside el quid del problema ¿desde qué particularidades se decide lo que es un valor universal? Por otra parte, ¿no está la sociedad occidental `desarrollada´ sumamente mal adaptada? ¿No seremos juzgados en el futuro con la misma severidad con que juzgamos sociedades tradicionales cuyas prácticas calificamos como irracionales? Así pues, quizá el único universalismo que podemos afirmar es que todo es (cultural e históricamente) relativo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.