Moches, cochupos y buchónes: prácticas monstruosas en el desarrollo rural

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Moches, cochupos y buchónes: prácticas monstruosas en el desarrollo rural

En esta entrada cuento algunas experiencias cuando trabajé como promotor de un programa gubernamental que atendía a jóvenes emprendedores rurales. Al final por una de estas prácticas monstruosas me quedé sin trabajo temporalmente :s

Tras regresar de un par de salidas a campo como promotor de un programa gubernamental que atiende a jóvenes emprendedores  rurales, me quedé abrumado por el complejísimo panorama actual para impulsar procesos de desarrollo en el campo, sobretodo si uno es uno de esos idealistas que quiere hacer las cosas bien, sin moches, ni simulaciones, ni haciéndose como que la vírgen le habla. Así, el de por sí difícil reto de echar a andar proyectos productivos exitosos y sostenibles en el tiempo, se vuelve una pesadilla por la prevalencia de aproximaciones absurdas en la teoría (si la hay) y puesta en marcha del desarrollo centralmente planeado, en el regreso de viejas prácticas de corrupción y corporativismo, y en las relativamente nuevas formas de control e intervención del narcotráfico en esferas cada vez mayores de la vida cotidiana de la población rural.

Por ejemplo, en varios de los grupos que supervisaba, existían grandes dificultades en la organización interna de los mismos. Este problema era de origen, ya que el programa del que era promotor estaba diseñado para beneficiar a 30 jóvenes avecindados (sin tierra) de ejidos y comunidades rurales. El número de beneficiarios es ya un problema, pero digamos que es salvable y entendible la intención de beneficiar al mayor número de personas posibles; todo se complicaba por la manera al vapor en que los grupos eran armados. Este no solía ser un proceso orgánico en el que se sopesaba a los integrantes idóneos que podían realmente aportar algo a la dinámica del grupo, más bien era una carrera en la que la mayor parte de las veces “urgía” integrar el expediente lo antes posible para acceder a un parte de una bolsa de dinero limitada, destinada a atender a proyectos similares en toda la república (y cada estado, por supuesto, siempre  quiere acceder a la rebanada más grande del pay). Esto provocaba que los primeros que entraban eran los hijos, nietos y sobrinos de las autoridades agrarias o de los caciques locales, quienes son los primeros contactos con promotores, proyectistas y técnicos, ya que tienen, en cierta medida, el “monopolio” del acceso a los programas y los contactos en gobierno, son las famosas élites participativas, que de esta manera se perpetúan;  el resto del grupo se arma con los primeros jóvenes avecindados con credencial para votar que se encontrara uno en la calle. Esta etapa solía  ser de jornadas maratónicas recolectando credenciales para votar, en vez de ser un proceso de integración de un grupo de trabajo funcional!! Pero en fin, lo importante era integrar el expediente y ya luego nos preocupabamos porque el proyecto funcionara…

Aunque en la primera etapa del proyecto no solía haber conflicto (la cual era una etapa formativa y de capacitación, sin muchos recursos, era en cierta medida la luna de miel  del grupo), empezaban los jaloneos cuando por fin llegaba el dinero  para echar a andar el proyecto (que a veces podía tardar hasta un par de años desde que se forma el grupo, lo que provocaba que muchos integrantes fueran desertando). Los primeros  conflictos solían ser ya sea por quedarse con el control del negocio  por parte de un grupo, o  simplemente por decidir entre repartir la lana entre todos o realmente emprender el proyecto.  Así, aunque el programa no estaba terriblemente mal diseñado, y las cuestiones técnicas de los proyectos, al menos los que conocí , estaban  bien cuidadas (bueno, en realidad porque había un despacho que les hacía todo a los grupos con tal de luego ser el proveedor de esto o aquello), la marrana torcía el rabo al entregar un negocio de varios millones de pesos a un grupo disfuncional armado al vapor. Sin embargo, a jalones y sombrerazos ahí la llevabamos parchando esos errores y los grupos ahí  iban caminando.

La cosa se ponía más delicada, cuando asomaban la cabeza las prácticas de corporativismo sectorial y la exigencia de una “mochada” a los beneficiarios de los programas.  Así, en una entrega de recursos a los grupos que iban a ingresar a la segunda etapa del programa, la cual significaba la puesta en marcha de sus respectivos proyectos y por consecuencia el reparto de cheques significativos (sí, con la infaltable entrega de un chequesote de a mentiritas), directores y autoridades de la dependencia en que trabajaba, se llenaban la boca hablando sobre transparencia y rendición de cuentas, e invitaban a los beneficiarios a denunciar cualquier acto de corrupción y a que no permitieran por ningún motivo que algún funcionario les pidiera una tajada o mordida. Literalmente un par de días después recibimos la instrucción (por lo bajito) de que todos los proyectos que involucraran la construcción de algún invernadero (la mayoría), serían atendidos por un solo proveedor en específico ya asignado por ellos (el cual estaba en otro estado de la república,  curiosamente del mismo estado de donde era originario el jefe del departamento del que dependía el programa), es decir, se nos estaba imponiendo un proveedor que ganaría al menos 8 proyectos grandes sin haberlos gestionado, en un solo estado de la república (big business) . Además del obvio amiguismo y  tráfico de influencias, esto significaba un enorme problema para los grupos de beneficiarios, ya que ellos ya habían llegado a acuerdos con proveedores locales, quienes habían sido de mucha ayuda para armar sus proyectos y planes de negocio (esos que mencioné más arribita), y los cuales habían accedido a “inflar” un poco el presupuesto de manera que el grupo pudiera tener capital de trabajo para sobrevivir algunos meses (práctica muy extendida, que de alguna manera subsana una omisión muy grande de estos programas, precisamente la carencia de capital de trabajo; es decir, el mal diseño de las políticas públicas, aunque uno no quiera, nos orillan a la simulación). Además, echarse para atrás les hubiera significado pagar una cuota por cancelación con sus proveedores. Debido a lo anterior, y a que esta medida fue impuesta después de entregado el recurso, los beneficiarios se negaron y no hubo manera de que se les obligara (si hasta para ser corruptos hay que tener gracia, si hubieran condicionado la entrega del recurso a aceptar esa situación quizá muchos hubieran aceptado, afortunadamente no se les prendió el foco). Las oficinas centrales, de donde llegó la instrucción, puso el grito en el cielo y amenazó a los promotores y técnicos (obviamente alguien había sido afectado en sus intereses), pero al final tuvieron que aceptar que esto no iba ser posible al menos con estos grupos de beneficiarios. Sin embargo, nos dejaron claro que los siguientes grupos forzosamente trabajarían con el proveedor impuesto; pero eso no fue todo, también hablaron directamente con los técnicos (que son particulares acreditados que se encargan de armar los proyectos y vigilar que funcionen) para hacerles saber que estarían a prueba, y aunque la cuestión del proveedor impuesto no había sido posible en esa ocasión, cada proyecto tendría que reportarse con una tajada de su presupuesto (!!!).  No pos si no le pierden!!…

 Aparte de esta acción, el aparato de corporativismo sectorial (CNC) está más vivo que en el periodo jurásico temprano, gran parte de las nuevas autoridades y personal de confianza que atienden al sector social (ejidos y comunidades) son emanados de esta organización; de manera que he visto intentos por direccionar el apoyo de este programa directamente a las bases de esta h. confederación (uno de los aviadores más influyentes emanado de esta intachable organización se hacía llamar a sí mismo Zapata, y hasta usaba el bigotito y toda la cosa, lo cual sería chistosisímo si no fuera un personaje nefasto).

Bueno, la cosa está muy jodida, pero no se puede poner peor ¿no? Pues nanais! Sí puede! Que por algo somos mexicanos! Así, en las zonas en las que era promotor, la presencia del narcotráfico está muy presente y es parte de la cotidianidad de los pobladores, por lo que los proyectos de desarrollo tienen que incorporar a la delincuencia organizada como una variable más en la ecuación. Esto es un factor a considerar en, por ejemplo, el cruce de producto o personas entre estados con grupos o carteles rivales, ya que en uno de los proyectos que supervisaba esto fue la razón para que una alianza de negocio importante se cayera. La historia es que existía un comprador de un estado vecino, uno en donde el narcotráfico está muy presente, que estaba interesado en hacer tratos con un proyecto de un grupo en el estado donde trabajaba, controlado por un cártel rival; antes de que esta alianza se concretara, los beneficiarios tuvieron la precaución de preguntar a los “halcones” locales, que son, al fin de cuentas, gente de la zona reclutada por el narcotráfico. Estos les dijeron que mejor no se metieran, que en cada viaje de uno y otro lado iban a ser exhaustivamente revisados (por traer placas del estado vecino) y eventualmente llamarían la atención hacia su negocio (en otras palabras a algún narcoemprendedor le podría molestar que el grupo exportara pollos muertos de un estado al otro). Lo cual me lleva a otro punto, el cobro de piso; aunque en los proyectos que supervisaba no nos tocó vivir esta práctica (quizá en parte porque no eran nada exitosos), los técnicos locales decían que es una situación que ya esperaban, y que los halcones ya nos tenía a todos  identificados y bien checados, pues era imposible pasar desapercibidos ya que tienen ojos en todas partes de los municipios rurales, muchas veces desde las mismas presidencias.

Así, un proyecto de desarrollo rural tiene que lidiar con la burocracia, corrupción y los usos y costumbres de las dependencias gubernamentales; con las deficiencias en la puesta en marcha de los propios programas; y con las presiones de la delincuencia organizada. Por otra parte, en una de mis visitas compartí un taxi con un migrante que venía deportado, lo agarraron en una redada en San Diego y lo dejaron con lo que traía en Tijuana (no le dieron chance ni de avisar a su familia en San Diego), donde le quitaron todo casi inmediatamente; de tal manera que el trayecto desde la frontera a su pueblo que es de dos días en camión, se lo echó en dos semanas pidiendo aventones. A pesar de eso, me comentó que sólo descansaría un par de meses, agarraría pila, conseguiría lana para el cruce y después intentaría volver a pasar al otro lado; al fin de cuentas el ingreso y las oportunidades que encuentra allá no las encontraría en su pueblo. Esque si uno pone en la balanza la relación costo/beneficio entre intentar echar a andar un proyecto productivo en una zona rural con todas sus aristas o intentar cruzar a EEUU, parece que para muchos habitantes rurales saltar la barda es una apuesta mucho más segura. Y luego  que porqué el campo no avanza!!

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